Bullying en la publicidad de bien público argentina

Las campañas sobre acoso escolar presentan desafíos múltiples. Compartimos apuntes para una comunicación responsable.

El acoso escolar, en sus variantes bullying y ciberbullying, es sin lugar a dudas una de las principales problemáticas que afectan a niños, niñas y adolescentes de todo el mundo. Así lo confirman las estadísticas alarmantes y las noticias que muestran con crudeza sus alcances, convirtiendo al acoso escolar en un tema de salud pública.

Argentina no es ajena a esta realidad: los datos la ubican a la cabeza de la región y pareciera no poder articular mecanismos para frenar este tipo de violencia, que desborda las aulas y las pantallas. En este escenario difuso, la comunicación ha sido empleada para canalizar diversos objetivos, voces y mensajes, al tiempo que las problemáticas continúan en ascenso y vulneran los derechos más primarios de quienes habitan todos los días los colegios del país.

¿Qué rol ocupa (y puede ocupar) la comunicación en su prevención?

El análisis de las campañas de bien público argentinas sobre acoso escolar (Allisiardi, 2019) propone puntos a considerar en la formulación nuevas estrategias de comunicación. La representación simbólica de las personas víctimas de acoso escolar está marcadamente sesgada: las piezas que muestran al agredido prefieren hacerlo mediante la figura de un niño, aunque las estadísticas expresan similar distribución de la problemática entre valores y mujeres. Sólo una campaña ubica a una adolescente en la posición de víctima, sin especificar ante los públicos las características que asume el acoso de acuerdo al género. La discapacidad no es puesta de manifiesto en ninguna campaña ni se la sugiere como motivadora de mayor riesgo de victimización, lo cual sí es alertado desde el plano internacional. La diversidad sexual sólo encuentra lugar en un caso, que no explica ni ofrece mayor detalle.

El 45% de estudiantes trans de Argentina abandonó la escuela por causa del bullying recibido o por ser excluido de la institución (UNESCO, 2017)

Asimismo, constituye un riesgo que la mayor parte de estas propuestas queden circunscriptas a los propios niños, niñas y adolescentes que, debido a la dinámica del acoso escolar, muchas veces no pueden comunicar lo que sucede. Se propone, en este sentido, una mirada amplia de la comunicación y de los públicos a los que la misma puede llegar.

De la dinámica base, se rescata la consideración de los testigos o espectadores del acoso, como aquellos que pueden alertar a los adultos de lo ocurrido y moverse de su lugar cómplice. Se desestima poner el foco atencional en los alumnos y alumnas victimizadas así como en los agresores como públicos de campaña, lo cual no implica dejarlos de lado en las representaciones vertidas en las piezas, siempre que las mismas se realicen de forma responsable e inclusiva. Urge la consideración de los padres, madres y adultos responsables como públicos centrales en el doble enfoque preventivo/interventivo.

En el escenario escolar, el personal docente, no docente y directivos tendrán un rol central como públicos vinculados directamente con la problemática, desde la ejecución de protocolos de intervención y estrategias de prevención en el marco donde ocurre el maltrato. También es preciso señalar que los futuros y futuras educadoras deberán recibir, en sus años formativos, contenidos vinculados al acoso escolar y a su abordaje.

Además, se considera oportuno explorar el valor de expresiones artísticas y el aprovechamiento de entornos de ocio y tiempo libre como escenarios positivos para incorporar el debate sobre la problemática, rompiendo con la monotonía e impersonalidad de la “campaña tradicional”. Con especial atención al ciberacoso, se propone que la comunicación propicie espacios de encuentro, intercambio y formación para docentes, padres y alumnos, achicando las brechas en su alfabetización mediática e informacional, con énfasis en el uso responsable y crítico de las redes sociales y plataformas del mundo virtual.

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